Hay una frase que Hugo Oyarzún usa cuando habla del momento exacto en que entra a la jaula, ese segundo en que el cuerpo quiere acelerarse solo. La aprendió trabajando con su psicólogo deportivo, Seba Abuter, y la repite como quien repite un rezo: «a veces hay que controlar el fuego en el momento que hay que controlarlo». La dijo pensando en Pablo Flores, en el cinturón interino de 155 libras, en un plan que llevaba semanas armado hasta el último detalle. El martes ese plan se quemó entero, y a Hugo le tocó controlar el fuego por una razón que ni su psicólogo pudo prepararlo para enfrentar.
El campamento que se entrenó para un nombre que ya no existe
La preparación fue, según todo lo que contó, casi perfecta. Un mes completo en Chiloé, cerrando el campamento «con el Team León, el Valhalla, Chiloé Jiujitsu», y semanas más en Entropía, en Santiago, bajo la mirada de Pablo Burgos. «A dos semanas de mi pelea me siento increíble», decía hace pocos días, «técnicamente, físicamente, mentalmente muy bien, trabajando con mi psicólogo, Seba Abuter, todo marchando perfecto, nada que decir. El peso super bien, contento, disfrutando el proceso, muy feliz.» Ese campamento existió. Los golpes de sparring, las mañanas en el tatami, los kilos cuidados con precisión, todo eso pasó exactamente como se planificó. Lo único que cambió, a días del evento, fue la pregunta del examen: Pablo Flores se lesionó y quedó fuera de la cartelera, y con él se fue el cinturón interino completo, porque un título no se defiende ni se gana con un reemplazo llamado a última hora.
La etiqueta del precio, otra vez. Joeeeee!
Semanas atrás, Hugo Oyarzún colgó en Instagram una frase que ya venía sonando como epígrafe de esta pelea: «Todos quieren ser campeones hasta que ven la etiqueta del precio.» Le preguntamos entonces cuál había sido, para él, ese precio concreto. «En este campamento, estar lejos de mi familia, yo creo que eso es el precio más grande», respondió, «sacrificar momentos con ellos y estar entrenando, estar con amigos igual, abuelos, con toda la gente que yo quiero dedicar tiempo.» Habló también de una madre que en 2010, cuando recién empezaba en el kickboxing amateur, se lo prohibía de plano. «Iba escondido, nadie sabía que peleaba», contó. Hoy esa misma madre no se pierde una pelea en vivo. Es, en sus palabras, «mi mayor apoyo». Ese precio ya estaba pagado antes de que existiera Héctor López. El cambio de rival no lo devuelve.
Nadie entrena un mes en el sur pensando en un nombre que todavía no existe. Hugo preparó a Pablo Flores: sus 22 años, su récord de 8-1, «un buen rival, un rival duro, joven, con un gran futuro», como lo describió él mismo, consciente de que Flores llegaba como el producto de exportación que Samurai Fight House llevaba dos años puliendo en carteleras propias. Ese rival ya no sube a la jaula el 26 de septiembre. En su lugar entra Héctor «El Guerrero» López, uruguayo de Paysandú, con una racha de tres derrotas al hilo y una historia que todavía tiene mucho por escribirse en esta categoría. Es, sobre el papel, la clase de reemplazo que se arma con horas de anticipación, no con meses de campamento. Y es también, sin cinturón de por medio, la clase de pelea que no perdona la falta de respeto: alguien que entra con todo por ganar y nada que cuidar puede ser tan peligroso como el rival que se cayó.
Hugo ya había puesto en palabras, sin saberlo, por qué esto no debería cambiarle nada. Hablando de Flores como visitante, dijo: «Él viene a Chile. Él, yo creo, es el que está incómodo. Yo estoy en mi casa. Está en mi casa.». Esa ventaja, la de pelear donde entrenó, donde vive, donde su gente llena las gradas, no se la quitó nadie.
Lo que sigue siendo cierto
El 26 de septiembre sigue siendo, pase lo que pase con el rival, el debut de Samurai Fight House en Chile: la primera vez que la promotora planta bandera en Santiago, con un gimnasio que lleva semanas agotando entradas para verla llegar. Sigue siendo, apenas dos semanas después de que Ignacio «Jaula» Bahamondes ganara en la UFC y Stephanie Vaquer se colgara un título en WWE justo antes de Fiestas Patrias, otra fecha en que un chileno sale a demostrarle algo al resto del continente. «Obvio, me motiva lo del Nacho, me motiva mucho, la verdad (…) es un orgullo para todos nosotros», dijo Hugo sobre ese fin de semana, todavía con el eco de esas dos victorias en la cabeza. Sigue compartiendo cartelera con Arturo «Makako» Vergara, jugándose el título vacante de peso gallo, y con Bastián «Bass» Córdova, con quien no comparte gimnasio pero sí años de conocerse y alguna sesión de entrenamiento prestada, más camaradería de cartelera que camiseta, una solidaridad de gremio que les sirve a los dos. Sigue estando su familia camino a las gradas, la misma que alguna vez se lo prohibió y hoy compra entradas.
Lo único que ya no está es la corona. Y sin embargo, cuando le preguntamos qué esperar de él el día de la pelea, Hugo Oyarzún no habló de un cinturón. Habló de otra cosa: «que lo voy a dar todo como siempre, eh, más ahora que es una oportunidad que tengo muy grande, estoy en mi mejor momento. Vayan a apoyarme. Vayan a apoyar a Chile, el MMA nacional, a La Máquina que está de vuelta y no se van a ir tristes para la casa, se van a ir muy felices.»
En Chiloé nadie apura el fuego. Se cava un hoyo, se calientan piedras hasta que quedan casi blancas, se bajan al fondo, se tapa todo con hojas de nalca y tierra, y arriba solo queda un hilo de humo avisando que algo se está cociendo despacio ahí abajo, sin que nadie tenga que vigilarlo. Ese es el fuego bueno: el que no se luce, el que trabaja mientras uno hace otra cosa. Es la misma lógica que Hugo Oyarzún entrena hace meses junto al psicólogo: no apagar la ansiedad antes de pelear, enterrarla bajo la piedra justa y dejarla cocinar sola. Esta semana alguien le movió la leña sin avisarle. Se llevó a Flores, se llevó el cinturón, dejó el hoyo abierto a tres días del curanto. Hugo no apagó nada, tampoco prendió más fuego del necesario: hizo lo que sabe hacer desde niño en su isla, juntar otra vez las piedras, tapar el hoyo, y confiar en que lo que se cocina ahí abajo, aunque nadie lo vea arder, también sale bueno.

Hugo Oyarzún enfrenta a Héctor «El Guerrero» López el 26 de septiembre en Samurai Fight House 31, en el peso ligero, tras la baja por lesión de Pablo Flores y la caída del cinturón interino que estaba en juego. Transmisión en vivo por Samurai Fight House y LaJunta+ en YouTube. Entradas en Passline.cl, con 10% de descuento usando el código KOTEXSAMURAI.









