El «Makako» que siempre encuentra la ventana: un retrato de Arturo Vergara

Arturo "Makako" Vergara pelea el 26/9 en SFH 31, en Santiago, su primera vez como profesional en Chile. Su historia, el cambio de rival y lo que se juega.

La primera vez que a Arturo Vergara le cambiaron un plan sin preguntarle, tenía como diez años y andaba en bicicleta camino a comprar chorizo.

Su abuela estaba haciendo porotos y lo mandó a la esquina con una moneda de 500 pesos en el bolsillo. Vergara se subió a la bicicleta, y en el trayecto intentó sacar la moneda con una sola mano. El manubrio se le dio vuelta. «Caí con la mano, con la muñeca así, y me quedó la muñeca así, literal», cuenta, y todavía hoy describe el momento con el detalle de alguien que lo tiene grabado cuadro por cuadro: la bicicleta, la caída, el llanto, la vuelta a la casa. Terminó operado. El karate que había empezado meses antes, el mismo que su mamá lo obligó a tomar para que gastara energía, quedó ahí, cortado a la mitad. «Nunca más entrené», dice sobre esa etapa. No por falta de ganas. Por una moneda de 500 pesos y un manubrio que se torció en el peor momento.

Eso es, en una escena de niño, el resumen de cómo ha funcionado la vida de Arturo «Makako» Vergara desde siempre: el plan se rompe, algo se tuerce en el camino, y él encuentra la forma de seguir de todos modos. Se ha repetido tantas veces (una mano rota, una carrera universitaria abandonada, un cinturón mundial que devolvió por decisión propia, y ahora, a semanas de pelear por fin en su país, un rival que se le cayó de la cartelera) que ya no suena a mala suerte. Suena a método.

La calle, el saco de boxeo, y el amigo que después se perdió

Sin el karate, Arturo Vergara volvió a lo que tenía más a mano: la calle. Vivía con sus tíos en Los Andes, jugaba fútbol porque a su tío le gustaba, y pasaba el resto del tiempo afuera, con los cabros del sector. «Siempre se me dio esto de andar en la calle», dice. No lo cuenta como una tragedia ni como una hazaña, sino con la distancia de alguien que ya hizo las paces con esos años: entrar en peleas, meterse en «hueás brígidas», ver a amigos quedar atrapados ahí para siempre, y a otros que ya no están. «Uno no entiende ni mierda lo que es el amor propio en la adolescencia», resume, y ahí hay más honestidad que en cualquier frase motivacional que pudiera decir sobre ese período.

El quiebre llegó en tercero medio, cuando un amigo lo invitó a probar boxeo. Una semana antes de esa primera clase, tuvo una pelea callejera con un tipo que le sacaba casi el doble de peso. Le tiraron un combo y, sin pensarlo, lo esquivó. «Esquivé, pero esquivé así como en tiempo récord», cuenta, todavía sorprendido de sí mismo. Ese reflejo, más que cualquier otra cosa, fue lo que lo convenció de que había algo ahí que se le daba con una facilidad distinta a todo lo demás. El corte estaba empezando a darse solito.

Ese mismo amigo, el del boxeo, es el que este año finalmente salió libre después de años preso. Vergara no lo dice con dramatismo ni lo esconde: es parte de la misma historia, contada de corrido. «Mi amigo salió de hecho este año de la cana y ahora está terrible bien», cuenta, y agrega que apenas pise Chile va a ser la primera persona que vaya a ver. Es un detalle que dice más de lo que parece: el mismo cabro que lo sacó a él de la calle es el mismo que, por un tiempo, la calle terminó ganándole a él. Según ha contado en otras entrevistas, ese amigo cayó en la pasta base, y verlo perderse ahí es algo que Arturo Vergara describe como una herida que todavía le duele. Que hoy esté libre, justo en la semana en que «Makako» por fin pelea en Chile, es una de esas coincidencias que uno no se atrevería a inventar si estuviera escribiendo ficción.

Dejar la ingeniería, prometerle algo a su mamá, y que ella no le crea ni una palabra

En 2013, con el colegio recién terminado, Arturo Vergara se fue a Santiago a estudiar ingeniería en metalurgia. Le iba bien. Un semestre después, lo dejó. «Sentía que ese pescadito que era yo no estaba para esa pecera», dice, y es una de esas frases que suena armada de tanto repetirla, pero que igual convence, porque detrás viene la decisión real: volvió a Los Andes, le avisó a su mamá que iba a ser peleador y campeón mundial, y se puso a entrenar dos y tres veces al día.

Su mamá, cuenta entre risas, no lo tomó bien. «Me mandó para la concha de tu madre», dice, y explica que no la culpa: ninguna madre recibe con los brazos abiertos la noticia de que su hijo va a encerrarse a empujar peso con otros tres animales, sin casa propia, sin plata, arriesgándose a que alguien llame a Protección al Menor. Desde ese día, sin embargo, Vergara no paró. Ni una lesión, dice, lo ha sacado del gimnasio tanto tiempo como esa muñeca quebrada cuando era niño.

El cinturón que devolvió antes de que se lo pidieran

El resto ya es historia más conocida, aunque vale la pena repasarla rápido: más de 80 peleas amateur de kickboxing, un debut en MMA en 2022, una oportunidad titular casi inmediata contra David Martínez (a la que llegó, otra vez, como reemplazo de última hora), y un par de años después, el salto a Karate Combat, donde en diciembre de 2024 se convirtió en el primer campeón mundial chileno en la historia de esa liga.

Defendió el título dos veces. Y a inicios de este año, hizo algo que la mayoría de los peleadores en su posición no hace: lo devolvió. Por voluntad propia, para enfocarse de lleno en el MMA y en la UFC. Le pregunté por esa decisión hace unos meses y la respuesta no cambia mucho cada vez que la repite: dice que confía en una visión que lleva años cargando adentro, que antes de que alguien le creyera ya se lo había dicho a Bas Córdova y a varios más, que iba a traer un evento grande a Chile y que, si no le abrían la puerta, iba a entrar por la ventana como fuera. «Como sea, pero como sea», repite, y la frase suena casi a manía, a algo que se dice para convencerse a sí mismo tanto como para convencer a los demás.

La ventana que se abrió cuando le cerraron la puerta

Esa frase (la puerta, la ventana) terminó siendo, sin que él lo planeara así, el resumen exacto de lo que pasó semanas antes de esta pelea.

El plan original para el 26 de septiembre era enfrentar a Vinicius Salvador, brasileño con currículum real en la UFC. A un mes de la fecha, Salvador se bajó por una lesión en la mano. La noticia se confirmó primero en cámara, en una entrevista que le hice para este mismo medio, y su reacción, capturada en vivo, fue tan directa como uno esperaría de alguien que ya ha vivido esto antes: «Me da lo mismo. Ya. Okay. Otro oponente. Listo. Vamos. De una», dijo, casi antes de que terminara de hacerle la pregunta.

No fue pose. Le pregunté si al menos lo había tomado por sorpresa, y me dijo que no del todo: venía notando que Salvador casi no promocionaba la pelea en redes, que sentía que el compromiso no estaba ahí. No es, tampoco, la primera vez que le cambian un rival sobre la fecha. Ya le pasó en 2022, cuando entró de reemplazo por la lesión del retador original a David Martínez, y ha dicho, en más de una entrevista, que el nombre del rival le da lo mismo: podría ser Conor McGregor, podría ser Ilia Topuria, la respuesta sería la misma.

Quién es el hombre que le queda enfrente

En lugar de Salvador entra Matías «Iron Fist» Figueredo, argentino de 25 años y récord de 12 a 5, a disputar el título vacante de peso gallo. Es, en varios sentidos, un enigma más difícil de resolver que el que Vergara tenía preparado.

Revisado con calma, su historial cuenta una historia con dos caras. Contra rivales de récord flojo, Figueredo gana casi siempre. Contra los que llegan con currículum de verdad (como Paulo Portillo, con récord de 15 a 3, o Ignacio Famozo, su derrota más reciente, en enero de este año) pierde. Ocho de sus doce victorias han sido por la vía rápida, seis de ellas por sumisión, y esa misma estadística se le repite en contra: el 60% de sus derrotas también llegaron por sumisión. Estuvo, además, más de cinco años sin pelear, entre 2019 y 2024, así que toda su racha reciente es, en los hechos, un regreso. Es decir: llega con hambre, con casi el doble de peleas profesionales que la mayoría de los rivales recientes de Vergara, pero también con las cicatrices de haber sido detenido cada vez que la competencia sube de nivel.

La trastienda del careo entre «Makako» y Figueredo

En el video de careo que publicó Samurai Fight House, Arturo Vergara le dijo a Matías Figueredo que algún día iba a poder contar que peleó con él antes de que llegara a la UFC. Figueredo no se achicó: le respondió que ojo, que podría ser al revés.

Ninguno de los dos subió el tono más allá de ahí, y eso es, quizás, lo más interesante de todo el intercambio. Vergara me lo confirmó después, casi con algo de resignación: le cuesta hacerle trash talk genuino a alguien que persigue exactamente lo mismo que él. Hay un respeto incómodo entre dos hombres que en unos días se van a golpear en la cara, y ese respeto no le resta ni un gramo de intención a lo que va a pasar arriba de la jaula.


Le pregunté, de las dos noticias de esta última semana (volver a pelear a Chile, o el cambio de rival) cuál le movió más la guata. No dudó: fue lo primero. El cambio de oponente, insistió, es del oficio. Volvió, una vez más, a esa frase que repite seguido, la de que nadie es profeta en su propia tierra: tuvo que irse, pelear una docena de veces en Estados Unidos, ser campeón mundial en otro país, antes de poder volver a pelear en el suyo. Prometió, entre risas, que si gana va a bailar un zapateado de cueca al lado de la bandera, y les dijo a todos los que estén viendo que traten este sábado como su propio 18, porque no se lo pueden perder.

El 26 de septiembre, en el gimnasio del Liceo José Toribio Medina, Arturo Vergara va a pelear en Chile como profesional por primera vez en su carrera. Le cambiaron el rival hace unas semanas, como le ha pasado antes, y encontró la ventana, como siempre. La diferencia esta vez es que la ventana da, por fin, a su propia casa.


Arturo «Makako» Vergara enfrenta a Matías Figueredo por el título vacante de peso gallo el 26 de septiembre en Samurai Fight House 31, con transmisión en vivo por Samurai Fight House y LaJunta+ en YouTube. Entradas en Passline.cl, con 10% de descuento usando el código MAKAKO.

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