La primera vez que Emilio Veliz pisó Japón, no fue el asombro de rigor ante las luces de Osaka lo que lo tumbó. Fue algo que comió en el avión.
«Comí en el vuelo. En el vuelo comí y bajé. Me intoxiqué. Intoxicado, perro. Intoxicado. Mal. Vómito, deshidratación», cuenta, y es hasta chistoso en la manera en que lo cuenta, como si describiera la peor borrachera de su vida y no el día antes del pesaje de la pelea más importante de su carrera hasta ese momento. Había volado desde Chile, literalmente al otro lado del mundo, con apenas dos días de margen antes de la pelea, sin tiempo real para aclimatarse. Llegó al hotel de lujo en Osaka, «primer mundo, nada de basura, ni un papel en la calle», con el jet lag encima y un pasaporte que, veinticuatro horas antes de embarcar, ni siquiera tenía en la mano: tuvo que ir a buscarlo a la casa central del Registro Civil en Santiago, contra la hora, y volver con él a las 2:30 de la tarde, repitiéndole a su esposa, a modo de mantra entre el alivio y el festejo, «listo, mi amor, la logramos». Entre eso y la intoxicación, llegó al pesaje, según sus palabras, «muriéndome a la tele, destruido». Y peleó igual.
Eso es, en una escena, el resumen de cómo trabaja Emilio «El Búfalo» Veliz: el cuerpo pasado a llevar, el plan roto, y la decisión de subirse de todas formas. Es una lógica que se repite tanto en su carrera como en su manera de contarla, y que vuelve a estar sobre la mesa el 26 de septiembre, cuando debute como profesional en MMA contra Estanislao Licata, en la primera fecha que Samurai Fight House trae a Santiago. Licata llega con su propia cuenta pendiente: perdió el título light heavyweight de la organización ante Matías Uribe, el mismo peleador al que tanto él como Veliz aspiran a enfrentar más adelante.
El debut en Japón que lo empujó hacia las MMA
Aquel día en Japón fue el Hoost Cup Kings Osaka 6, el 28 de julio de 2024, en un evento que lleva el nombre de Ernesto Hoost, el holandés «Mr. Perfect», tetracampeón del K-1 World Grand Prix. Emilio Veliz terminó posando junto a él después de la pelea. Cayó por decisión unánime, 3 a 0, frente a Takigami Shota, campeón heavyweight de ACCEL que hacía ahí su debut internacional e iba invicto en el circuito. Takigami buscó el nocaut temprano, no lo consiguió, y fue desgastando a «El Buffalo» a punta de low kicks; Veliz aguantó con la guardia cerrada y no cayó, pese a la paliza: pesó 114,7 kilos contra los 99,9 de su rival, una ventaja de tamaño que de todos modos no le alcanzó.
Ese patrón (perder peleando siempre para adelante, y salir con algo ganado igual) es la columna vertebral de su carrera, y viene de antes: en su debut profesional de kickboxing cayó por decisión ante Camilo Gallegos, un veterano con más de 40 peleas, pero fue siempre al frente hasta la última campana. «Ya entendieron el porqué del (apodo) búfalo», dice. Cerró esa etapa con un récord de siete victorias y cuatro derrotas, y fue campeón de K1 Hardcore de Adrenalina Series en Chile, la única organización del país que corre esa modalidad de kickboxing con guantilla de MMA. Fue justo peleando con esa guantilla, defendiendo ese título, donde decidió que quería dar el salto a las MMA: «sentí que volaba el golpe sólido, así que dije, ya, ¿por qué no?». La decisión, sin embargo, no vino con plan de negocio. «Me dio de un día para otro. Yo decí así, voy a pelear MMA, MMA Pro. Ya está. Sin tener la noción también de que yo tenía que trabajar el piso», reconoce, con la honestidad un poco autoflagelante de alguien que sabe que se metió al agua sin preguntar qué tan hondo era.
La fractura de mano que retrasó su debut en Samurai Fight House
Ese impulso, el de tirarse al agua antes de aprender a nadar, tuvo un costo casi inmediato. En una defensa posterior de ese mismo título de K1 Hardcore, ya con la MMA en la cabeza, se fracturó la mano en el primer round y siguió peleando los cinco rounds completos. «Se me desplazó el hueso. Fue fractura múltiple. El hueso se partió en cuatro, se abrió a la mitad. Fue una locura», cuenta, sin demasiado dramatismo, como si me estuviera contando que pinchó una rueda. Estuvo seis meses parado, lo que hizo caer una pelea de MMA que tenía pactada contra Jimmy Pace Jr., un rival con el que había escalado una rivalidad genuina por redes sociales. «Me cayó demasiado mal el loco, no había caso. Siento que es demasiado arrogante, como se lo come el personaje», dice de él, y es interesante que sea justamente esa frase la que mejor explica su propia evolución: confiesa que a los 22 o 23 años él también vivía picanteando, «estuve en esa vereda», pero que con el tiempo prefiere «bajarlo un poquito, demostrar arriba en el ring». La rivalidad con Licata, de cara al debut del 26 de septiembre, nació de la misma manera (provocaciones cruzadas en redes que subieron de tono en un cara a cara), pero Veliz ya la mira con la distancia de alguien que dejó atrás esa etapa.
Cómo Emilio Veliz empezó a trabajar el piso para su debut en MMA
Mientras tanto, empezó a llenar el vacío que él mismo identificó como su mayor debilidad: el piso. «El Buffalo» entrena hace un par de años en Concón con un cinturón negro al que llama Dieguito, y después de siete u ocho meses de trabajo se metió, casi de cabeza, a pelear un título nacional de sumisión contra un cinturón azul con bastante más rodaje que él. Ganó por sumisión a los cinco minutos, justo antes de que la pelea se fuera a punto de oro. «Ahí me quedó como agarrando el gustito», dice, «ya de opa, está bien, se me da». Hace solo no-gi («no me gusta el gi»; «es un mundo aparte, se siente rápidamente la diferencia»), y es honesto sobre el lugar que ocupa esa disciplina en su cabeza: la entrena en serio porque sabe que en ciertas posiciones la va a necesitar, no porque lo apasione. Lo que prefiere, dice, es dejar que el puño haga lo suyo. Es, otra vez, la misma fórmula: entrar sin saber nadar del todo y, esta vez, sin necesariamente quererlo, pero aprender a flotar de todos modos.
El Buffalo y la carrera contra el tiempo antes de enfrentar a Estanislao Licata
A los 32 años, sabe que no tiene margen para hacerlo eternamente. «Yo estoy claro que cumplí los 32 recién, pero yo sé que en Estados Unidos tengo para llegar hasta los 33, 34 años y capitalizar bien, porque yo sé que a los 38, 39 ya estamos out», dice, con la calculadora puesta sobre la mesa igual que un jugador de póker contando fichas antes de la última mano. El plan para «El Buffalo» es encadenar victorias rápido, abrirse puertas afuera, con la mira puesta en UFC y otras organizaciones en el extranjero.
Detrás de esa urgencia hay algo más simple. Vive en Concón con su pareja y su hija recién nacida, y cuando se le pregunta qué quiere que la gente sepa de él esta semana de pelea, no habla de récords: «estoy dando todo por el todo, estoy acelerando y poniendo todas las pilas en lo que es mi carrera y en lograr algo grande netamente por mi familia. Quiero entregarles lo mejor, a mi mujer, a mi hija, es por ella. Ellas son mi motor». Y lo resume con la misma simpleza con la que pega: «Yo soy bueno para agarrarme a piñas. Y con eso yo quiero entregarles a ellas todo lo que necesitan».
El 26 de septiembre, Emilio Veliz vuelve a subirse al octágono, pero esta vez con un secreto de su lado: la construcción del piso avanzó, y ya hay cimientos. Y si algo ha probado cada vez que el cuerpo lo ha traicionado, ya sea intoxicado en Japón o peleando con la mano rota, es que sabe subirse igual y salir con algo ganado. Le queda poco tiempo para capitalizar eso, y nadie lo sabe mejor que él: por eso aprieta el acelerador ahora, no para ganarle una carrera al reloj, sino, como dice él mismo, «para demostrarme que para esto nací y que para esto soy bueno».
Emilio «El Buffalo» Veliz pelea el 26 de septiembre en Samurai Fight House 31, con transmisión en vivo por Samurai Fight House y LaJunta+ en YouTube. Entradas en Passline.cl, con 10% de descuento usando el código KOTEXSAMURAI.









